viernes, 16 de julio de 2010

CARTELERA TURIA. Alfons Cervera. De paso, Macbeth.

Hace cuatro años los vago­nes del Metro de Valencia se estrellaron en una curva del barrio de Patraix. La chatarra, como aquel viejo y hermoso poema de Pere Gimferrer que hablaba del mar, tiene su propia mecánica y en su matemática exacta se quedaron para siempre cua­renta y tres cadáveres y cuarenta y siete heridos. La vida y la muerte se jun­taron ese día canalla del 3 de julio de 2006. Y tanto tiempo después, la misma vida y la misma muerte se siguen jun­tando en cada aniversario para recor­darnos una sola cosa, una sola: que Francisco Camps, presidente de la Generalitat Valenciana, jefe del Gobier­no valenciano del PP, no ha recibido nunca a los familiares de los muertos ni a los heridos. Nunca. La semana pasa­da, en la Universitat de València, se escenificaba una obra que hacía memo­ria de aquellos días de julio. La memo­ria es imprescindible para que la vida no sea una mierda.

La negrura del túnel de Patraix con­trastaba en aquellas mismas horas con la parafernalia luminosa que habían montado los del gobierno mudo para la visita del Papa a la ciudad. Sólo el Papa importaba. El clamor de los fieles hablando de un mundo justo y el silen­cio insultante de ese clamor cuando hay que exigir generosidad y justicia con las víctimas del accidente. La obra teatral era Zero responsables. Un título fantástico que muestra la realidad cruel de un suceso que no motivó jamás la dimi­sión, ni siquiera la asunción de respon­sabilidad alguna, por parte de quienes estaban -y siguen estando- a la cabeza del organigrama de Ferrocarriles de la Generalitat. Un día antes del estreno, el presidente Camps llamó al rector de la Universitat. Unos dicen que para que la obra se suspendiera y otros que simple­mente llamó para mostrar su malestar. Qué diferencia hay entre lo que dicen unos y lo que dicen otros: ninguna. La vocación censora del presidente Camps. Sólo eso significan las dos ver­siones de la llamada. El motivo principal de ese telefonazo era evidente: se había enterado el muy honorable de que uno de los momentos cumbres del montaje escénico lo protagonizaban él mismo y su esposa. Y sus relaciones turbias con el caso Gürtel. Y sus rela­ciones entre místicas y domésticas con la visita del Papa. Y sobre todo, las rela­ciones con el accidente del Metro. Qué ironía y qué cinismo: el tiempo que dedi­có Camps a llamar a Estaban Morcillo, rector de la Universitat, no lo ha querido dedicar en cuatro años a llamar a las familias de los muertos y a los supervi­vientes para mostrarles su vocación por la justicia y por la verdad de lo sucedido aquel devastador 3 de julio de 2006.

La vida y la muerte se volvieron a juntar esos días en la Sala Matilde Sal­vador de la Universitat de València. El espacio de libertad que es la universi­dad, todas las universidades, no puede ser violado por nadie y menos que nadie por el poder político. La llamada de Camps al rector provocó un escán­dalo mediático, civil, de solidaridad con las víctimas y con la propia institución académica. La obra es espléndida. No sólo por el horror de lo que cuenta sino por cómo ese horror es contado, por la excelente escritura de ese horror, por las interpretaciones, por la ironía cruel que destila la hora y media de memoria extraordinaria. Y el pedacito que prota­gonizan la pareja de presidente y presidenta: Shakespeare en estado puro. Si hay quien se ve retratado -como pare­ce ser que era el caso de Francisco Camps- en ese tramo final de Zero responsables, en vez de cabrearse debería de sentirse orgulloso: nada menos que Shakespeare y su Macbeth sirvieron para diseñar sus personalida­des con una complejidad y sentido de lo profundo que se merecían una llamada: pero no al rector de la Universitat, sino al autor teatral que la escribió y a la pareja de actores que la pusieron en escena. Una llamada, claro está, para felicitarles por la grandeza de su obra. Feliz teatro, pues, el que hace unos días se levantó en memoria de aquel terrible accidente. Hace cuatro años ya. El mismo silencio. Las mismas acémilas ganas de que todo se olvide por los gobernantes del PP. La respuesta entra­ñable, sabia y justa del recuerdo: ahí estamos, ahí seguiremos hasta que el cuerpo aguante. Ahí seguiremos. Ahí.
http://www.carteleraturia.com/2010/textos/testigos/testigo2424.htm

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