martes, 13 de julio de 2010

Pensar es exponerse. Blog Trementina Lux.http://blogs.myspace.com/trementinalux

Desgraciado el país que necesita héroes

Bertolt Brecht

Somos personas. Ocupamos posiciones relativas en el tablero de la vida. A veces se nos ciñe el corazón de tanto fruncirlo al status. Y nos entra el miedo si nos empujan a otra casilla. Pero no se puede ocupar una posición fija, es la Ley de la Partida.

La semana pasada asistí a un montaje teatral. “Zero responsables”. Quería haber escrito algo sobre ello. Pero me he dilatado. Eso, el tiempo transcurrido, ha hecho que sucedan cosas. Cosas que me permiten una mirada más aloetnológica sobre la escena. ¿Qué ha pasado? Hemos ganado el mundo.

El viernes tenía claro lo que era un éxito absoluto de público: cuatro funciones desbordando un aforo de cien personas y un doblete, también con sillas adicionales. Casi seiscientas personas. Hoy martes sé que eso era un éxito relativo. La radio elogia el fenómeno futbolístico: “nada en el mundo exalta tanto las pasiones del ser humano”.

Anoche los héroes volvían a casa. Había cámaras en el cielo. El ojo todopoderoso se instaló en las alturas de la noche para regalarnos la Historia, y si vemos lo que Él ve, es que compartimos esa gloria, somos parte de ella. “Ver es un acto divino” decía Feuerbach... ¿Quién quiere cámaras en el infierno?

Estaban ahí, los héroes, en su autobús, abriéndose camino entre el pueblo. Y pensé... Mira tú que van a Sudáfrica, ganan todos los partidos, vuelven de Sudáfrica, no sé cuantas horas en avión y todo el riesgo que supone, besan a sus familiares, se duchan, se ponen el chándal de gala y cogen el metro para llegar al inicio de la marcha... Y de repente, mientras se ríen y templan sus nervios, el metro, un transporte público, se estampa en una curva y mueren cuarenta y tres y resultan heridos cuarenta y siete héroes. Lo voy a poner con número, para los que entienden mejor las cifras: 43+47. ¿O no son tantos en la Selección? Perdonad mi ignorancia.

El caso es que pensaba: ¿qué no harían esas multitudes enfervorizadas por pedir responsabilidades a los responsables?... Y también: estúpida, los Héroes no van en metro, por seguro que sea, van por arriba, ¡por arriba!

Pensar es exponerse” Decía Hannah Arendt cuando iba a conocer a Heidegger. Cada cual decide qué grado de exposición asume en su vida. Si se expone en lo amoroso, en lo profesional, en lo político, en lo lúdico, o en todo o en nada. Hay quien se sobreexpone tanto que acaba siendo invisible y por el contrario los subexpuestos son legión.

Zero responsables” es una obra colectiva. En ella han participado más de cuarenta profesionales. Pero los egos se han disuelto. Cada nombre es una estación, un no-lugar  de tránsito donde pararse a reflexionar. La obra trabaja sobre el accidente de metro que sucedió en Valencia en 2006 coincidiendo con la visita papal y lo hace a instancias de la Asociación de víctimas del metro. Catorce piezas dramáticas se encajan en la tangente de la tragedia y forman un puzzle panorámico perfectamente cohesionado y dirigido, como una cámara instalada en los alrededores del infierno. Se programó durante tres días en la Sala Matilde Salvador de la Universidad de Valencia. Y la entrada, era gratuita.

Los medios recogieron la noticia del estreno con titulares que hablaban del intento de censura. Otros titulares reflejaron la crueldad paródica de los últimos doce minutos de la obra. ¿Algún medio de comunicación consideró la construcción de la noticia desde el punto de vista dramático? El problema, tal vez, es que aquel día eran “los otros” los que tomaron la curva. Entended por dramático lo que bien os plazca.

Es difícil e inhumilde hablar de esta producción. No encuentro una fórmula resolutiva, tipo 1-0 para sintetizar. Creo que la unión altruista del gremio y el respeto a las familias y a las víctimas es muy destacable. La obra aborda el acontecimiento desde los márgenes. No hace carnaza de los caídos, es inteligente  de principio a fin. También es cierto que muerde y ruge y mete el dedo en la llaga para despertar conciencias, sin tapujos, con profesionalidad de mercenarios. Se compromete, no es televisiva. De ahí deriva su peligrosidad.

El conjunto funciona con un ritmo creciente y una riqueza coral admirable, la puesta en escena es dinámica porque cada pieza ahonda en un género bien distinto, el drama, el musical, la parodia, el naturalismo costumbrista, la poesía, la danza contemporánea... Los puntos de vista ofrecen la amplitud de una mirada y un pensamiento que no son únicos, fruto indiscutible del trabajo colectivo. La excelencia llega en forma de microsociología y el conflicto Aristotélico es expresado en términos de cotidianidad.

Zero son personas. Personas que actúan movidas por intereses propios, estén donde estén, ocupen una casilla en el cielo, en la tierra o en el infierno, como ese conductor de metro cuya voz “Tengo miedo, no quiero volver a entrar ahí” eriza algo más allá del vello.

Tiene presencia la jueza que instruyó el caso, baila y canta. El fiscal y el abogado particular lidian entre amenazas, el tipo del bigote que quiere ser actor pero no pasa de asesor político, Paco e Isabel, la turista aparentemente frívola, el funcionario y la desesperanzada, las cifras oficiales silenciadas con elegancia, los trabajadores de Canal Nou obligados en tres actos, como los Horacios, a escoger entre el bien personal o el bien común, “cierra los ojos y abrázate a la nómina”. Un padre amorfinado por la tele y un hijo que se significa, subexpuesto uno, sobreexpuesto el otro, dos ancianas debatiéndose entre creer y no creer... Y mucha, mucha documentación, verismo, casi verdad informativa en algunos textos.

El escenario es mínimo. Recursos someros, eficiencia y eficacia. La iluminación y el sonido son de corte naturalista aunque en ocasiones adopten un talante simbólico. Es en el suelo donde se articula la mayor de las escenografías. Líneas rectas de colores primarios sobre fondo negro, un mapa del metro y en el punto áureo una mancha blanca que se retuerce. Metáfora del encuentro entre la vida y la muerte. Es en ese punto irregular, molesto, donde los personajes se posicionan y conviven con su grado de culpa o responsabilidad. Algunos ignoran la mancha, otros la escuchan, se defienden, se abrazan, se arrodillan o incluso arroajan en ella el Santo Cáliz, metonimia del inocente. Blanco, el color de la desaparición. El hueco que dejaron “los otros” está presente, sin interrupción durante toda la obra.

Pero ¿Quiénes son los otros? Marc Augé, reputado antropólogo, afirma que en las sociedades con una totalización intelectual el error es siempre imposible. Digamos que el enfermo nunca muere por culpa del terapeuta. La totalización convierte cualquier error en una verdad parcial o provisional y añade que este efecto ayuda a explicar la pasividad.

El teatro social se sienta en las mimbres de las circunstancias. Hablar de lo temporal y lo espacial concreto genera normalmente una minusvalía de los valores universales, de los valores intrínsecos del teatro como obra de arte. Es justo lo que pensé cuando supe del proyecto: que lástima, tanto talento puesto al servicio de criticar la gestión política valenciana, tan mediocre. Pues todo el conjunto en general y la última escena en particular subvierten esta relación con tanto acierto que creo que nace un modelo de nueva dramaturgia con sentido practico-trascendente en la que cabe profundizar.

En los últimos doce minutos, bajo la estrategia clásica del ensayo, A y B van construyendo en la intimidad de las bambalinas su actuación frente a un superior con el objetivo de lograr que esconda un objeto harto incómodo, deben convencerlo y para ello cuentan con otro objeto que servirá de valor de cambio. Pero en el ensayo, lejos de articular una solución convincente al conflicto inicial, el diálogo va arrojando luz sobre las perversas relaciones de poder entre A y B. El personaje en apariencia poderoso, A, el Elegido, se revela como un ser dominado por el pánico y B como una manipuladora nata, codiciosa, sofisticada y cerebral. Y todo esto, a la manera de Shakespeare. Puro Macbeth, pura Lady Macbeth, osados, altaneros flemáticos, pero ridículos, se llaman Paquito e Isabel.

Han nacido personajes donde solo hay personas que mirándolo fríamente, carecen de interés. Es la construcción humana de la inmortalidad, otra vez filosofía. Y es un drama, sí, porque cuando apelamos a la brujería para hablar de tensiones entre actores sociales cuya realidad psicológica es desmenuzada en detalle, se está invitando a la risa cruel.  En cualquier caso ¿hay algo más cruel en todo esto que el silencio administrativo?

El poder que practica el holismo no tiene necesidad de ofrecer explicaciones y rendir cuentas de sus responsabilidades. Pero ¿qué pasa si el enfermo empieza a moverse y ya no se sustrae pasivamente a su destino como un prisionero Tupinamba? Tal vez por eso el terapeuta quiso matar al enfermo el otro día, censurarlo, limpiar esa mancha, en la Matilde Salvador.

Bertolt Brecht, un tipo bastante perturbador, decía que “El que no sabe es un imbécil. El que sabe y calla es un criminal”. “Zero responsables” no es una obra política, a pesar de los intentos de politización. Es una obra ciudadana, bien documentada, nada demagógica, hecha con sensibilidad pero sin sensiblería, hecha por personas que piensan, para las personas que quieran pensar. Una piedra, lanzada con honda, contra el olvido de las responsabilidades. Y sería un crimen, otro, dejarla en los sótanos de la Universidad... ¿Podría “Zero Responsables” una obra que ni siquiera es de antihéroes, excitar las pasiones de un público mundial?

Siempre acabo exagerando, esta es mi contribución.
Gracias por exponernos.

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